Tenía rojito los ojitos de tanto llorar,
salió a la calle y no sabía para donde caminar,
era de noche y las estrellas se querían reír,
pero ella muy digna decidió seguir.
Camino y caminó, hasta donde se le ocurriese.
Iba lentito para pensar mejor y más,
y sentir la brisa sueva y fría que le refrescaba el alma.
Luego de una hora regresó y pensó…” pronto lo haré otra vez!”.
Ahora más tranquila al respirar esa brisa de libertad,
volvió a su caja y se quedó allí
con sus ojitos abiertos mirando al frente como cualquier muñeca de colección
y permaneció inerte hasta la próxima ocasión.
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